Si se llegara a escoger un rasgo
físico que me determinara, un trademark, mi lunar a la Cindy, mi boca a lo
Angelina, mi bigote a lo Hitler, probablemente sería mi pelo. Mi pelo
interminable que llevaba creciendo por unos tres años, al que le invertido ya
incontable tiempo y dinero. Mi pelo por el que mi mamá y mis tías me regañaban
porque no me gustaba peinármelo más allá del día en que me lo lavaban y al que
accedí a pasar por alisados aunque siempre me gustaba más tenerlo crespo. Ese
mismo pelo por el que irónicamente nunca me halagaron tanto como por la cabeza
redonda y blanquísima que me quedó cuando se cayó casi todo. Por cierto,
gracias por eso.
Claro que por más que lo finjan
todos sabemos que las palabras bonitas son más intentos de sacar algo bueno de
la imagen que todos tenemos como reflejo de lo terrible del cáncer: la
alopecia. Y ese era un pensamiento que yo compartía y que me llevó a cosas
idiotas, como decidir no peinarme después de lavarme el pelo tras la primera
quimio, jurando que eso iba a evitar perder aquello que juraba era mi esencia.
Sobra decir que ese esfuerzo fue inútil y después de la piquiña de aguantarse
el pelo cayéndose sin hacer nada, ya estaba curada y dispuesta a arrancármelo
yo misma.
Entendí muy tarde que se me iba a
caer el pelo porque a mí me tocó descifrar por mí misma que tenía cáncer. No porque
no me lo contaran, sino porque todo se diagnosticó y comenzó a tratar mientras
estaba saliendo de cuidados intensivos y recuperaba la consciencia que
afortunadamente me hizo perder cualquier noción de todas las cosas horribles
que me hicieron durante la semana que ahí estuve. Así que cuando me empecé a
despertar tuve que sumar dos más dos y ver que estaba en quimioterapia, que mis
papás habían venido acá y no que estaba en Cali, que era otro mes y que lo que
sentía en mi cabeza era una cicatriz porque me la habían abierto. Me demoré
bastante en entenderlo (ya sé cómo se siente no poder resolver una operación
matemática básica y no los volveré a juzgar).
Uno de mis primeros recuerdos,
además de mi papá constantemente repitiendo que a Leonel Álvarez lo echaron del
Cali y mi consternación por pensar que él pensaba que eso era justamente lo
primero que quería escuchar, fue oír la promesa de mi mamá de que no sólo ella
se iba a rapar, sino que mi papá y mi hermana también estarían conmigo y todos
seríamos una familia calva y unida. Ante eso, no entendí qué diablos tenía que
ver raparse conmigo (nadie más lejano a la calvicie) y también supe que esa
promesa nunca vería la luz del día (No se lo pude decir porque todavía me
quedaba difícil la hablada).
Dicho y hecho, a la semana mi
mamá ya había anunciado que ella tenía
el pelo muy corto como para donarlo y que mi papá no tenía la cabeza
para ser calvo y dejó a mi hermana embaucada sin haberle contado.
Afortunadamente, nadie tuvo que ir al peluquero y todo se quedó en una anécdota
que nos hace reír bastante. Igual al principio de esa quimio estaba lo
suficientemente drogada como para tener esperanza de que el pelo no se me
cayera, considerando que era una tarea titánica (quimio, en eso si te acepto
que me ganaste, sólo en eso).
Ya cuando comenzó el proceso, el
placer que uno siente por no tener que aguantarse la piquiña del pelo cayéndose
dejó de lado cualquier tipo de preocupación. El primer día, boté una bolsa de
basura de pelo y apenas alcanzaba la cantidad que tiene mi hermana. Así que
cualquier ansiedad se convirtió en desesperación porque el maldito pelo se
acabara de una vez y dejara de estorbar de semejante manera. Veía la cara de
susto de mi mamá y mi hermana y mis tías de ver la forma en la que se caía pero
la verdad es que me hacía sentir mejor.
La calveada estaba fuera de
concurso porque me moría de miedo de la máquina. Nunca me habían puesto una
vaina de esas en la cabeza desde bebé y tenía la cicatriz que se sentía medio
blandita y la idea de que se me acercara ese aparato me hacía imaginarme con un
pedazo de cuero cabelludo arrancado y el cráneo expuesto. Obviamente es algo
infundado, pero vaya uno y convénzase mientras se toca la cabeza y cree que no
se le ha cicatrizado bien.
Por lo tanto, tuve un par de días
súper atractivos en los que compartí el look novia de Chucky. Porque esa fue la
otra, ante la pérdida del pelo, ya contaba con que inevitablemente el ritmo de
caída me dejaría completamente calva en menos de tres días y ni siquiera me
tocaría sufrir con una máquina de afeitar. Entonces, la añoranza del pelo se
convirtió en un plan de una calva perfecta sin un solo pelo que me dejara con
la cabeza suavecita hasta que acabara el tratamiento. Una semana después,
todavía seguía con varios mechones que me tenían loca y finalmente pudimos
entrar la peluquera al hospital para que acabara mi agonía.
Igual, mantuve la esperanza que
el poco pelo que tuviera se me cayera y pudiera ser perfectamente calva, pero
después de dos días nunca se me cayó ni un folículo más. Así es la vida, uno se adapta al cambio y vuelve y lo
decepciona. Sin embargo, no es tan grave ser calvo, aunque siempre me dieron
susto cosas como meter la cabeza por primera vez al agua sin la protección del
pelo, o el frío que a uno le pudiera dar en la cabeza.
Cuando uno lo piensa bien, la
falta de pelo es quizás lo menos grave que uno pueda pasar, aunque sea lo más
emblemático de la enfermedad. Al final, el pelo es realmente algo que se ha
hecho innecesario para el hombre, o al menos para la mujer ¿No saben que no es sólo el de la cabeza sino TODO el pelo el que se cae? Uno si que es bruto y no cae en cuenta de la parte buena ¡Qué placer no tener
pelo! No hay ningún tipo de solución que logre ser permanente, indolora y
privada para depilarse. Siempre es una tortura, o no dura, o implica someterse
a una incómoda exposición a una desconocida que usualmente es bastante insensible.
Yo no lo sabía, pero resulta que
cuando el pelo vuelve a crecer, lo hace bastante rápido y en mayor cantidad
apenas se acaba la quimio. Usualmente, las desprevenidas personas que no me
conocían tratan de consolarme reiterándome eso, pero la verdad eso sí que es
más miedoso a ser calvo ¿Yo qué voy a hacer con el doble del pelo que ya tenía?
En eso sí que espero una excepción, aunque ya me quita la esperanza ver que
hace rato no se me cae nada y que ya me ha crecido lo que tengo.
Si uno
tiene alopecia pues es hasta más cómodo porque se ahorra cualquier depilación y
puede tener pelucas y cambiar de estilo todo lo que quiera. El único problema
es que no hay nada más bipolar que el cuero cabelludo y pasa del calor extremo
al frío en las orejas más rápido de lo que se espera, y poner la cabeza en la
almohada te da mucho calor por más ilógico que parezca porque eso nunca pasa si
uno tiene pelo. Por eso espero que me salga el suficiente para que deje de
tener que voltear la almohada a cada rato. De resto, ya perdí el miedo
absurdo que le tenía a cortármelo y espero con ansias poder saber cómo me veré
con todos los largos y cortes que me esperan en el futuro.
Eso sí, había una cosa que no se
me ocurrió: las cejas. Hasta que no vi a otra pobre alma en mi misma situación
sin cejas no había entendido que eso me podría pasar a mí, lo cual me hizo
entrar en pánico. Yo puedo lucir la calva convincentemente, incluso, al estar
en la Escuela de Ciencias Humanas podría incluso pasar sin problema como
skinhead o excusar mi condición con algún tipo de expresión artística,
académica, profesional o psicológica que se me ocurrió. De pronto más se
inclinarían por creerme skinhead por la cicatriz y hasta me ganaría un poco de crédito callejero por ponerlos a dudar de su procedencia (podría ser yo una pandillera o algo, quien sabe). También he podido salirme con
la mía con la palidez, eso sí en sus debidas proporciones, porque es algo a lo
que ya me enfrento desde niña gracias a mi gloriosa ascendencia pastusa. No me
da pena que me vean calva, aunque muchas veces se me hace que la gente se
siente un poco incómoda, lo cual es divertido. También me han regalado muchos
gorros, lo cual es bien chévere porque me gustaban pero no podía usar porque
tenía mucho pelo y me daba calor. Hasta me dieron un par de pelucas que son muy
chistosas y no he estrenado todavía.
Sin embargo, no creo que el look
de travesti descejado aporte a no parecer enferma. Afortunadamente, de nuevo
aquello que a uno lo molesta termina siendo una bendición. Nunca pensaría que
estaría agradecida por las cejas de hombre que heredé de mi papá y mi abuelo.
Todos los meses las despreciaba por necesitar su peluquero propio y por el
prospecto de que en el futuro terminaran como las de ellos dos, con un par que
se descarrilan y terminan alcanzando a la nariz cuando uno menos se lo espera.
Después de temer por lo peor e incluso usar acondicionador de pestañas (sí,
existe, y mi mamá lo tenía antes de enfermarme) una semana tras la segunda
quimio no se habían caído y hoy ya necesitan depilación y corte. La vida es
bella.