lunes, 13 de mayo de 2013

El día que perdí la esperanza

Entre la terrible confusión del final del colegio (que incluyó una desafortunada época de "odio al mundo" que terminaba de estropear el look incómodo propio de la pubertad) y la traumática entrada a la universidad, me dí cuenta que no era especial. Que no me iba a Yale para tener otra vez notas perfectas mientras Jess me pedía que volviéramos y fuéramos agorafóbicos juntos (si alguien entiende la referencia a Gilmore Girls, ya entenderá mucho sobre mí y el camino que seguirá este post). Entendí que lo más probable es que no vaya a ser famosa y que mi inteligencia es más Howard Wolowitz que Sheldon Cooper.

En un principio, encontré la idea como algo terrorífico. Toda mi vida pensé que me salía con la mía era porque era especial, pero luego terminé dándome cuenta que la verdad, no lo era. Y que no estaba haciendo lo que quería, sino lo que pensaba me hacía esta figura excepcional que debía convertirme. El día que perdí la esperanza dejé de lado la creencia ciega en la justicia, en la verdad, el amor y la democracia. En todas esas verdades asumidas que se dan por sentado hasta tal punto que no nos damos cuenta que a veces son pura mentira. Ya no estaba destinada a ser ni presidente, ni Nobel de nada, ni música de Grammys.

Entra la depresión, la jartera, la constante comparación con otros que parecían estar mejor que yo a pesar de no merecer la gloria para la cual se supone yo estaba hecha. Un día me tocó ajustarme al hecho de que debo aspirar a ser yo misma. Tuve mi revelación de libro de autoayuda. Y me di cuenta que aunque nunca llegara a ser tanto como confiaba sería en mis proyecciones a futuro iniciales, podría vivir decentemente y seguir haciendo lo que se me diera la gana.

Además, me saqué varios pesos de encima. Es liberador poder ser frívolo y dejar de volver todo trascendental. E igual voy más o menos encaminada con las metas, aunque haya tenido que aceptar cosas como la enfermedad o peor, la ignorancia. Perder la esperanza en mí misma me hizo entender que tal vez pueda llegar a la grandeza sin tanta alharaca. Aunque el camino sea más largo. 

martes, 9 de abril de 2013

Vi prostitutas

Las vi de cerca, como si fueran un zoológico. Después de un par de pasadas hasta me animé a mirarlas a los ojos, más que todo porque el guía del Tour del Barrio Rojo nos dijo que a ellas les gustaba porque estaban "orgullosas" de su trabajo. Y claro, vi gente fumando marihuana en las calles y entrando con sigilo (porque siempre eran turistas los que lo hacían) a los cofeeshops. Y la verdad, es que me dí cuenta que aquello lo había visto, y varias veces, en cualquier ciudad del mundo. Ámsterdam, al legalizarlo, consiguió que todos llegáramos boquiabiertos a ver los vicios con los que convivimos diariamente.



Bicicletas de la muerte con hambre de turistas llenan Ámsterdam.

Y por esto, son unos malditos genios. El gobierno le saca tajada, y una grandísima, al negocio. Además, aprovecha la doble moral de la gente para atraer a la gran mayoría del turismo que llega a Holanda. Es más fácil llevar un vibrador o una pipa de souvenir que un queso o unos suecos. A veces parece que se pierde un poco la historia de un puerto legendario y lo lindas que se ven las casas torcidas. Porque Ámsterdam es preciosa, no lo duden, así las casas sean negras y las escaleras estén diseñadas para enanos y te saquen morados en las rodillas porque debían caber en las estrechas fachadas que pagaban menos impuestos.


Por cierto, están prohibidas las fotos a las putas. Todos te advierten que terminarás golpeado, sin cámara, o peor aún, metido en uno de los canales, cosa terrible cuando hacen cero grados que se sienten como -8. Es un sitio pintoresco en el cual se ven todo tipo de mujeres: flacas, gordas, jóvenes, viejas, blancas, latinas y hasta en proceso de conversión. Cuídense, hombres con prejuicios, porque el guía nos avisó que cuando terminaba el proceso era prácticamente imposible descubrir que tenían un pasado masculino. 
La casa más estrecha de la ciudad, miren bien.  Ahí viven cinco y dos perros.

Sobre las drogas, Ámsterdam está lejos de ser una olla, pero tampoco es la muestra de que con la libertad de consumo llega la responsabilidad y la paz. Para ser justa, eso es más que todo culpa de los turistas, que se sienten obligados a estar idos sólo porque es legal. Pues bueno, les cuento que probablemente se consigue marihuana en su mercado local sin problema. De hecho, llegué a la conclusión que por eso los holandeses van a toda en las bicicletas, para vengarse de los anormales que sacan los porros con cara de sorprendidos porque "en mi país me arrestarían por eso". Es muy obvio que muchos ciclistas van con el objetivo de atropellar al turista distraído e inocente (no lo lograron, malditos, aunque estuvieron a punto).

Además, si van, piensen también en que esa mentalidad abierta habla muy bien del pueblo holandés y va más allá de las drogas y el sexo. Han logrado resarcir las heridas abiertas por los nazis para disculparse por las ofensas a los abusados. Y finalmente, desconfíen de su espíritu emprendedor. Estamos hablando de uno de los principales puertos del mundo, son negociantes, así que ojo con lo que les ofrecen. Es muy fácil terminar 20 euros más pobre por aprender cómo se hace una Heineken. Piénselo mucho antes de decidir dónde entrar, lo más probable es que si no son muy aficionados al tema del museo, se sentirán estafados. 

miércoles, 30 de enero de 2013

Malditos candados

Probablemente terminaré tildada de amargada y envidiosa por este post. Y no, no odio a los enamorados aunque me irrité la melosería y la intensiadera que manejan. La diatriba que seguirá no es un ataque al sentimiento sino más bien a la falta de intelecto de aquellos sujetos que han seguido la petarda "tradición" de poner un candado en un puente europeo con las iniciales de su pareja y tirar la llave.

A ver, empecemos por la falta de coherencia de la práctica. Se supone que se origina de una de esas sagas mal escritas tipo Crepúsculo que están de moda hoy, sólo que ésta no logró demasiado reconocimiento. Reto a la gente que invade mi Facebook con su candadito a decirme cómo se llama y quién la escribió. Y les cuento, a que no saben, que el libro no tiene más de cinco años, así que no es realmente un clásico. Aparentemente, lo único significativo de la obra fue el "acto de amor" que ahora todos copian. 

El mundo tiene tan mala suerte que a pesar de que el libro habla de un puente en Italia, los malos lectores decidieron que la imitación debía hacerse por todas partes. Es así como el pobre Pont des Arts de París ahora está sucio y feo con elementos tan poco estéticos como los candados. Además, los ayuntamientos europeos ahora deben dedicar días enteros a quitar los benditos candados para que los puentes no se caigan. 

Todo para que pongan la foto y se juren amor eterno, al menos hasta que corten el candadito al día siguiente o a que lleguen de vacaciones y se aburran del otro. Además, ¿no se les pudo ocurrir otra cosa mejor que un candado? ¿En serio quiere uno estar literalmente "encadenado" a otro por la eternidad? Dejen de contaminar y de perpetuar la imagen del turista imbécil. Hay muchas otras maneras de mostrar su amor, aunque no sean tan visuales como para su profile picture. Al fin y al cabo, es una cosa de dos, y lamentablemente, el número de likes en sus fotos no los hace mejor pareja.