En un principio, encontré la idea como algo terrorífico. Toda mi vida pensé que me salía con la mía era porque era especial, pero luego terminé dándome cuenta que la verdad, no lo era. Y que no estaba haciendo lo que quería, sino lo que pensaba me hacía esta figura excepcional que debía convertirme. El día que perdí la esperanza dejé de lado la creencia ciega en la justicia, en la verdad, el amor y la democracia. En todas esas verdades asumidas que se dan por sentado hasta tal punto que no nos damos cuenta que a veces son pura mentira. Ya no estaba destinada a ser ni presidente, ni Nobel de nada, ni música de Grammys.
Entra la depresión, la jartera, la constante comparación con otros que parecían estar mejor que yo a pesar de no merecer la gloria para la cual se supone yo estaba hecha. Un día me tocó ajustarme al hecho de que debo aspirar a ser yo misma. Tuve mi revelación de libro de autoayuda. Y me di cuenta que aunque nunca llegara a ser tanto como confiaba sería en mis proyecciones a futuro iniciales, podría vivir decentemente y seguir haciendo lo que se me diera la gana.
Además, me saqué varios pesos de encima. Es liberador poder ser frívolo y dejar de volver todo trascendental. E igual voy más o menos encaminada con las metas, aunque haya tenido que aceptar cosas como la enfermedad o peor, la ignorancia. Perder la esperanza en mí misma me hizo entender que tal vez pueda llegar a la grandeza sin tanta alharaca. Aunque el camino sea más largo.