jueves, 1 de mayo de 2014

Soy calva



Si se llegara a escoger un rasgo físico que me determinara, un trademark, mi lunar a la Cindy, mi boca a lo Angelina, mi bigote a lo Hitler, probablemente sería mi pelo. Mi pelo interminable que llevaba creciendo por unos tres años, al que le invertido ya incontable tiempo y dinero. Mi pelo por el que mi mamá y mis tías me regañaban porque no me gustaba peinármelo más allá del día en que me lo lavaban y al que accedí a pasar por alisados aunque siempre me gustaba más tenerlo crespo. Ese mismo pelo por el que irónicamente nunca me halagaron tanto como por la cabeza redonda y blanquísima que me quedó cuando se cayó casi todo. Por cierto, gracias por eso.

Claro que por más que lo finjan todos sabemos que las palabras bonitas son más intentos de sacar algo bueno de la imagen que todos tenemos como reflejo de lo terrible del cáncer: la alopecia. Y ese era un pensamiento que yo compartía y que me llevó a cosas idiotas, como decidir no peinarme después de lavarme el pelo tras la primera quimio, jurando que eso iba a evitar perder aquello que juraba era mi esencia. Sobra decir que ese esfuerzo fue inútil y después de la piquiña de aguantarse el pelo cayéndose sin hacer nada, ya estaba curada y dispuesta a arrancármelo yo misma. 

Entendí muy tarde que se me iba a caer el pelo porque a mí me tocó descifrar por mí misma que tenía cáncer. No porque no me lo contaran, sino porque todo se diagnosticó y comenzó a tratar mientras estaba saliendo de cuidados intensivos y recuperaba la consciencia que afortunadamente me hizo perder cualquier noción de todas las cosas horribles que me hicieron durante la semana que ahí estuve. Así que cuando me empecé a despertar tuve que sumar dos más dos y ver que estaba en quimioterapia, que mis papás habían venido acá y no que estaba en Cali, que era otro mes y que lo que sentía en mi cabeza era una cicatriz porque me la habían abierto. Me demoré bastante en entenderlo (ya sé cómo se siente no poder resolver una operación matemática básica y no los volveré a juzgar). 

Uno de mis primeros recuerdos, además de mi papá constantemente repitiendo que a Leonel Álvarez lo echaron del Cali y mi consternación por pensar que él pensaba que eso era justamente lo primero que quería escuchar, fue oír la promesa de mi mamá de que no sólo ella se iba a rapar, sino que mi papá y mi hermana también estarían conmigo y todos seríamos una familia calva y unida. Ante eso, no entendí qué diablos tenía que ver raparse conmigo (nadie más lejano a la calvicie) y también supe que esa promesa nunca vería la luz del día (No se lo pude decir porque todavía me quedaba difícil la hablada).

Dicho y hecho, a la semana mi mamá ya había anunciado que ella tenía  el pelo muy corto como para donarlo y que mi papá no tenía la cabeza para ser calvo y dejó a mi hermana embaucada sin haberle contado. Afortunadamente, nadie tuvo que ir al peluquero y todo se quedó en una anécdota que nos hace reír bastante. Igual al principio de esa quimio estaba lo suficientemente drogada como para tener esperanza de que el pelo no se me cayera, considerando que era una tarea titánica (quimio, en eso si te acepto que me ganaste, sólo en eso).

Ya cuando comenzó el proceso, el placer que uno siente por no tener que aguantarse la piquiña del pelo cayéndose dejó de lado cualquier tipo de preocupación. El primer día, boté una bolsa de basura de pelo y apenas alcanzaba la cantidad que tiene mi hermana. Así que cualquier ansiedad se convirtió en desesperación porque el maldito pelo se acabara de una vez y dejara de estorbar de semejante manera. Veía la cara de susto de mi mamá y mi hermana y mis tías de ver la forma en la que se caía pero la verdad es que me hacía sentir mejor.

La calveada estaba fuera de concurso porque me moría de miedo de la máquina. Nunca me habían puesto una vaina de esas en la cabeza desde bebé y tenía la cicatriz que se sentía medio blandita y la idea de que se me acercara ese aparato me hacía imaginarme con un pedazo de cuero cabelludo arrancado y el cráneo expuesto. Obviamente es algo infundado, pero vaya uno y convénzase mientras se toca la cabeza y cree que no se le ha cicatrizado bien.

Por lo tanto, tuve un par de días súper atractivos en los que compartí el look novia de Chucky. Porque esa fue la otra, ante la pérdida del pelo, ya contaba con que inevitablemente el ritmo de caída me dejaría completamente calva en menos de tres días y ni siquiera me tocaría sufrir con una máquina de afeitar. Entonces, la añoranza del pelo se convirtió en un plan de una calva perfecta sin un solo pelo que me dejara con la cabeza suavecita hasta que acabara el tratamiento. Una semana después, todavía seguía con varios mechones que me tenían loca y finalmente pudimos entrar la peluquera al hospital para que acabara mi agonía.

Igual, mantuve la esperanza que el poco pelo que tuviera se me cayera y pudiera ser perfectamente calva, pero después de dos días nunca se me cayó ni un folículo más. Así es la vida,  uno se adapta al cambio y vuelve y lo decepciona. Sin embargo, no es tan grave ser calvo, aunque siempre me dieron susto cosas como meter la cabeza por primera vez al agua sin la protección del pelo, o el frío que a uno le pudiera dar en la cabeza.

Cuando uno lo piensa bien, la falta de pelo es quizás lo menos grave que uno pueda pasar, aunque sea lo más emblemático de la enfermedad. Al final, el pelo es realmente algo que se ha hecho innecesario para el hombre, o al menos para la mujer ¿No saben que no es sólo el de la cabeza sino TODO el pelo el que se cae? Uno si que es bruto y no cae en cuenta de la parte buena ¡Qué placer no tener pelo! No hay ningún tipo de solución que logre ser permanente, indolora y privada para depilarse. Siempre es una tortura, o no dura, o implica someterse a una incómoda exposición a una desconocida que usualmente es bastante insensible.

Yo no lo sabía, pero resulta que cuando el pelo vuelve a crecer, lo hace bastante rápido y en mayor cantidad apenas se acaba la quimio. Usualmente, las desprevenidas personas que no me conocían tratan de consolarme reiterándome eso, pero la verdad eso sí que es más miedoso a ser calvo ¿Yo qué voy a hacer con el doble del pelo que ya tenía? En eso sí que espero una excepción, aunque ya me quita la esperanza ver que hace rato no se me cae nada y que ya me ha crecido lo que tengo.

Si uno tiene alopecia pues es hasta más cómodo porque se ahorra cualquier depilación y puede tener pelucas y cambiar de estilo todo lo que quiera. El único problema es que no hay nada más bipolar que el cuero cabelludo y pasa del calor extremo al frío en las orejas más rápido de lo que se espera, y poner la cabeza en la almohada te da mucho calor por más ilógico que parezca porque eso nunca pasa si uno tiene pelo. Por eso espero que me salga el suficiente para que deje de tener que voltear la almohada a cada rato. De resto, ya perdí el miedo absurdo que le tenía a cortármelo y espero con ansias poder saber cómo me veré con todos los largos y cortes que me esperan en el futuro.

Eso sí, había una cosa que no se me ocurrió: las cejas. Hasta que no vi a otra pobre alma en mi misma situación sin cejas no había entendido que eso me podría pasar a mí, lo cual me hizo entrar en pánico. Yo puedo lucir la calva convincentemente, incluso, al estar en la Escuela de Ciencias Humanas podría incluso pasar sin problema como skinhead o excusar mi condición con algún tipo de expresión artística, académica, profesional o psicológica que se me ocurrió. De pronto más se inclinarían por creerme skinhead por la cicatriz y hasta me ganaría un poco de crédito callejero por ponerlos a dudar de su procedencia (podría ser yo una pandillera o algo, quien sabe). También he podido salirme con la mía con la palidez, eso sí en sus debidas proporciones, porque es algo a lo que ya me enfrento desde niña gracias a mi gloriosa ascendencia pastusa. No me da pena que me vean calva, aunque muchas veces se me hace que la gente se siente un poco incómoda, lo cual es divertido. También me han regalado muchos gorros, lo cual es bien chévere porque me gustaban pero no podía usar porque tenía mucho pelo y me daba calor. Hasta me dieron un par de pelucas que son muy chistosas y no he estrenado todavía.

Sin embargo, no creo que el look de travesti descejado aporte a no parecer enferma. Afortunadamente, de nuevo aquello que a uno lo molesta termina siendo una bendición. Nunca pensaría que estaría agradecida por las cejas de hombre que heredé de mi papá y mi abuelo. Todos los meses las despreciaba por necesitar su peluquero propio y por el prospecto de que en el futuro terminaran como las de ellos dos, con un par que se descarrilan y terminan alcanzando a la nariz cuando uno menos se lo espera. Después de temer por lo peor e incluso usar acondicionador de pestañas (sí, existe, y mi mamá lo tenía antes de enfermarme) una semana tras la segunda quimio no se habían caído y hoy ya necesitan depilación y corte. La vida es bella. 

domingo, 27 de abril de 2014

Cáncer



Se lo dije a mi hermana el día que entré a Urgencias: “Lo único peor que a uno le digan que tiene un tumor en la cabeza es que dos años después le digan que tiene otro”. Fue un chiste, tal vez malo, pero que en mi cabeza tenía sentido. Ya me había pasado y acá seguía, así que de pronto no era tan grave.


Hoy, ya pasaron dos meses y he pasado por un código azul, una semana en cuidados intensivos, una biopsia de cerebro, una neumonía, una parálisis del lado izquierdo, una cirugía para implantar un catéter, tres sesiones de quimioterapia y lo que calculo deben ser al menos cien chuzadas para diferentes propósitos. En total, desde febrero 21 he estado 44 días hospitalizada. Eso sin contar todas las cosas raras que llegan como “efectos secundarios” y otro par de viajes a máquinas de resonancia, de los cuales por lo menos ya tenía un poco de antecedentes gracias a mi anterior tumor (que todavía ni idea qué papel juega en esta historia).


Sobre todo lo que me ha pasado, no entiendo por qué diablos todavía me da más rabia acordarme de la vez que me robaron en Madrid que tener cáncer de cerebro. Incluso me altera más pensar en la niña de tercer semestre que insultó en Facebook porque le mandé medio día tarde un trabajo de media página. De hecho, he intentado que me altere, que me irrite, que “llore lo que tenga que llorar” como me han sugerido, pero no puedo. No creo en buscar razones y explicaciones para lo que me pasa. 


Que uno se enferme no es algo que a uno le mande Dios, ni es algo que dependa de si uno es bueno o come bien o es deportista o si ayuda en obras de caridad. El cáncer es algo que viene de los genes y el ambiente y la simple y pura suerte de combinación de factores. Y nadie es bueno ni malo, todos hacemos lo que podemos. Querámoslo o no nos toca enfrentarnos a estar enfermos y a más que por qué, importa es cómo carajos salimos de eso. 


Yo creía que le tenía miedo a morirme, miedo a estar mal, pero hoy no tengo miedo. A veces me gusta pensar que mi tranquilidad es una señal de que todo va a salir bien. Pero me parece mejor cuando creo que estoy bien porque estar enfermo es una más de las cosas que nos toca soportar en esta vida y lo que uno mejor puede hacer es que sea lo más llevadero posible. Como casi todos los momentos cumbre que uno se imagina, desde el grado hasta el matrimonio, pasando por los viajes y el primer trabajo, cuando uno vive de verdad la enfermedad, por más loco que suene, es decepcionante. Y gracias a Dios que lo es, porque si no, nadie sobreviviría. 


Una mañana en la que no podía dormir estaban pasando un segmento del Defensor al Televidente en RCN. Sí, ya estaba en el punto en que veía RCN un sábado a las siete de la mañana, eso te hace vivir más de una semana seguida en un hospital. El punto es que en la mal producida sección aparecían transeúntes indignadísimos porque las propagandas de cremas médicas los sometían a ver pies infectados y granos en formación. Curiosamente, eso me hizo entender muchísimo sobre la forma en la que nos enfrentamos a las enfermedades.


¿Cómo podemos esperar estar preparados para lidiar con algo como un cáncer cuando no podemos aguantar ver una uña podrida? Con razón todo el mundo me habla pasito y lento y me mira con los ojos entrecerrados, analizando cada palabra que digo. En la cabeza de todos no han superado la típica película de la niña juiciosa, con una familia abnegada, que se enferma y que lucha con el alma para superarlo mientras sus papás no comprenden lo que pasa. A pesar de la adversidad, se inspiran para apoyarla y se rapan con ella y la llevan a la playa para que por última vez sea feliz. Hay también un amigo lerdo que sólo porque tiene cáncer se anima a ser su novio para que experimente por única vez el amor en su pobre vida. Casi se salva pero obvio no le alcanza y diez años después, dependiendo de qué tan jóvenes eran los actores que hacen de papás consiguen un perro o un bebé de reemplazo y el amigo se casa tiene una hija con la mejor amiga menos inteligente y la nombra en honor a su primer y nostálgico amor. 


En la vida real, no es tan dramático. Hoy todos los tipos de cáncer tienen muchísimo mayor chance de supervivencia que hace 50 años, menos el sarcoma pulmonar, y eso porque es directo resultado de fumar y ahí si pues no se puede pedir mucho de aquellos tan maricas como para arriesgarse a una muerte segura por chuparse un cigarro. Puede que la quimioterapia sea dura, pero comparada con lo que era hace 35 años uno no tiene de qué quejarse. Yo cada tres semanas tengo que experimentar una aplicación controlada al nivel de goteo de drogas infinitamente menos duras y bajo una vigilancia extrema de todo. Hoy, me hicieron un examen que puede determinar desde la punta de los pies hasta la cabeza, si hay otro tumor y otro que puede determinar milimétricamente qué tengo. Y si en el futuro me pasa algo, voy a estar tan monitoreada que será muy difícil que ya sea tarde. Además, cada vez habrá mejores opciones para ser tratada. 


No entiendo por qué no empiezan con eso cuando al público en general le hablan de cáncer. La quimioterapia es dura, pero vale la pena la maluquera y el extremo cuidado de las infecciones si después uno ya no tiene cáncer. Varias veces me han dicho que no entiendo lo grave que es esto, pero yo lo entiendo. Yo sé que estuve muy mal (aunque afortunadamente estuve bastante drogada como para acordarme de mucho), pero ya no. Si cinco días después de estar semi consciente pude caminar sola y no tener rastro alguno de la parálisis y llevo tres quimioterapias con mínimos efectos secundarios, ya lo que me queda es poco. Uno tiene que dar el esfuerzo y creérselo, estar confiado, arrogante y egoísta. Si no me creen, pues bueno, me motivan más.


Estar en quimio es una competencia y a mí no me gusta perder. Dicen siempre que los argentinos son unos creídos insoportables y por eso es que nos aplastan en el fútbol. Llegan a la cancha y saben que son los mejores, aunque no lo sean. Yo me la creo. En la primera quimio, estuve con las defensas en cero por dos días seguidos. Los médicos me decían que ya, seguro, estando tan débil estaba condenada a la subida de temperatura que anunciaba la infección que me tendría encerrada más tiempo y me pondría en mucho riesgo. Sólo una vez llegué a estar a 37 grados, que aún es medio grado menos de la temperatura corporal promedio. La fiebre, esa se la quedarán esperando. 


A mí no me importa que me vean como loca cuando anuncio que me voy a ir antes de lo previsto de la clínica o que me niego a ir por urgencias aunque me hayan bajado las defensas mucho. La gloria de que las cosas pasen como las planeo es tan grande que sólo por tener la razón creo que he respondido tan bien. Va uno y ve, y todo termina resultando, unas veces más lento que otras, pero al fin y al cabo, uno y el tratamiento, están diseñados para responder. La gente que se muere de cáncer es o porque ya era muy tarde o porque los venció la fuerza de la quimio. Y la fuerza de la quimio viene con que te quita el hambre y te pone débil pero finalmente son cosas con las que se puede pelear. Y para las infecciones cuando tenga bajitas las defensas tengo a mi mamá y su desorden obsesivo compulsivo que tiene la casa y el cuarto del hospital tan limpios que si algo se pasa no será nada grave. Son otros los momentos para ser humildes y aceptar la realidad, cuando uno se enferma tiene que ser excepcional, terco y dispuesto a dejar atrás a todo aquello que esté en el camino de seguir adelante.

domingo, 2 de febrero de 2014

Yo, la otra

El otro día escuchaba a mis amigos quejarse por lo trágico que es quedarse atrapado en un ascensor por quince minutos. A mí no me parecía tan grave y me cayeron encima por eso. Hablaban de la claustrofobia, que el tiempo se pasa lentísimo, que nadie ayudaba. Y entonces me dí cuenta que yo ya lo había vivido, más bien, sobrevivido con creces.


Pues yo estuve atrapada, voluntariamente, por 45 minutos en una máquina de resonancia magnética hace un año y medio. De hecho, ya he repetido la experiencia unas cinco veces más, pero apenas por media hora. La verdad sólo recuerdo con amargura el primer encierro, pues nunca me olvidaré de todo lo que pasó por mi cabeza en esos momentos. Primero, el tiempo sí que pasó lentísismo, estaba con una migraña que ya llevaba una semana y tenía a mis papás desquiciados fuera del aparato. En cierta forma, también fue un descanso en el que no tuve que preocuparme por ellos.


Curiosamente, durante todo el tiempo que he estado enferma me he preocupado más por ellos que por mí. He tratado de disminuir los síntomas y he pensado poco en lo que a mí me pasa, de hecho, tengo la mayor confianza en que estaré bien. Incluso en esa resonancia de emergencia, por la cual me hicieron devolverme al hospital para que pudieran determinar si el puntico que salía en el TAC era un aneurisma o un tumor en el cerebro. Yo trataba de parecer malgeniada para que no pareciera que entendía la dimensión de lo que pasaba. Pero lo sabía completamente.


Yo, Laura, tenía algo raro en la cabeza y ojalá que fuera un tumor. Si no, tenía que irme a cirugía de emergencia para que no me muriera y con mucho riesgo de no sobrevivir. Mis papás saben de medicina y por ende, tenía claro a lo que me enfrentaba. Me gustaría pensar que estuve tranquila porque confiaba en que todo estaría bien, pero creo que fue más bien que no alcancé a interiorizar que yo era a la que le estaba pasando eso. 


Cuando estaba en la caja mecánica esa, en la que uno cierra los ojos aunque no le toque porque ver ese interior estéril parece algo que a uno le hacen en una abducción de extraterrestres, decidí pelear. En ese momento lo dije como quien se imagina a lo lejos que cuando se muere quiere que lo quemen, pero era algo que estaba palpable. Decidí que si tenía un aneurisma iba a irme a cirugía y me iba a despertar, que en Grey's Anatomy eso le pasaba a todos los pacientes de McDreamy, aunque a mí me tocó otro cirujano, tal vez igual de talentoso pero con mucho menos pelo y un genio del demonio. Que si tenía cáncer me iban a matar después de rondas de radiación, de tratamientos recónditos y aferrándome a cualquier esperanza.  Eso decidí ese día y no le conté a nadie.


Ya llevo un año en el que afortunadamente me ha tocado sufrir lo más mínimo posible considerando las circunstancias. No me tocó enfrentarme a nada dramático y aunque me pasaron y me pasan cosas raras, cada día doy un paso nuevo hacia ser normal. Lo más duro fue ver la preocupación de mis papás, que cada día se calmaron más, aunque intentaron llevarme a Houston sin decirme y estoy segura lloraron más que yo. Viajé hasta que se me consumieron las plantas de los pies y ahora sé que cuando uno va a Praga tiene que ver el paisaje desde el castillo y que en Montjuic hay cientos de parques escondidos, cada uno con un tema diferente. Pensaba yo que igual seguía manteniendo mi personalidad y mis creencias, pero cada cosa me recuerda que soy una persona completamente distinta.


Primero, mi nevera. Hace un año, estaba vacía, hoy tiene recuerdos de todos los lugares que conocí este año, cada uno de los cuales me dejó pensando otra cosa del mundo. Luego, veo cómo volví a estudiar y encontré nuevos amigos, nuevas experiencias y ganas que nunca tuve. Por años intenté hacer ejercicio y no lo lograba hacer consistentemente. Hoy, voy al gimnasio todos los días, después de que hace un año no podía del cansancio cuando iba a un centro comercial. Yo pensaba que verdaderamente entendía aquello de estar mal y enfrentarme a la incertidumbre, pero no tenia ni idea. Yo pensaba que todo lo podía, pero no me lo creía. Por eso, que me metan en un ascensor, yo espero los quince minutos.

La dichosa nevera