domingo, 2 de febrero de 2014

Yo, la otra

El otro día escuchaba a mis amigos quejarse por lo trágico que es quedarse atrapado en un ascensor por quince minutos. A mí no me parecía tan grave y me cayeron encima por eso. Hablaban de la claustrofobia, que el tiempo se pasa lentísimo, que nadie ayudaba. Y entonces me dí cuenta que yo ya lo había vivido, más bien, sobrevivido con creces.


Pues yo estuve atrapada, voluntariamente, por 45 minutos en una máquina de resonancia magnética hace un año y medio. De hecho, ya he repetido la experiencia unas cinco veces más, pero apenas por media hora. La verdad sólo recuerdo con amargura el primer encierro, pues nunca me olvidaré de todo lo que pasó por mi cabeza en esos momentos. Primero, el tiempo sí que pasó lentísismo, estaba con una migraña que ya llevaba una semana y tenía a mis papás desquiciados fuera del aparato. En cierta forma, también fue un descanso en el que no tuve que preocuparme por ellos.


Curiosamente, durante todo el tiempo que he estado enferma me he preocupado más por ellos que por mí. He tratado de disminuir los síntomas y he pensado poco en lo que a mí me pasa, de hecho, tengo la mayor confianza en que estaré bien. Incluso en esa resonancia de emergencia, por la cual me hicieron devolverme al hospital para que pudieran determinar si el puntico que salía en el TAC era un aneurisma o un tumor en el cerebro. Yo trataba de parecer malgeniada para que no pareciera que entendía la dimensión de lo que pasaba. Pero lo sabía completamente.


Yo, Laura, tenía algo raro en la cabeza y ojalá que fuera un tumor. Si no, tenía que irme a cirugía de emergencia para que no me muriera y con mucho riesgo de no sobrevivir. Mis papás saben de medicina y por ende, tenía claro a lo que me enfrentaba. Me gustaría pensar que estuve tranquila porque confiaba en que todo estaría bien, pero creo que fue más bien que no alcancé a interiorizar que yo era a la que le estaba pasando eso. 


Cuando estaba en la caja mecánica esa, en la que uno cierra los ojos aunque no le toque porque ver ese interior estéril parece algo que a uno le hacen en una abducción de extraterrestres, decidí pelear. En ese momento lo dije como quien se imagina a lo lejos que cuando se muere quiere que lo quemen, pero era algo que estaba palpable. Decidí que si tenía un aneurisma iba a irme a cirugía y me iba a despertar, que en Grey's Anatomy eso le pasaba a todos los pacientes de McDreamy, aunque a mí me tocó otro cirujano, tal vez igual de talentoso pero con mucho menos pelo y un genio del demonio. Que si tenía cáncer me iban a matar después de rondas de radiación, de tratamientos recónditos y aferrándome a cualquier esperanza.  Eso decidí ese día y no le conté a nadie.


Ya llevo un año en el que afortunadamente me ha tocado sufrir lo más mínimo posible considerando las circunstancias. No me tocó enfrentarme a nada dramático y aunque me pasaron y me pasan cosas raras, cada día doy un paso nuevo hacia ser normal. Lo más duro fue ver la preocupación de mis papás, que cada día se calmaron más, aunque intentaron llevarme a Houston sin decirme y estoy segura lloraron más que yo. Viajé hasta que se me consumieron las plantas de los pies y ahora sé que cuando uno va a Praga tiene que ver el paisaje desde el castillo y que en Montjuic hay cientos de parques escondidos, cada uno con un tema diferente. Pensaba yo que igual seguía manteniendo mi personalidad y mis creencias, pero cada cosa me recuerda que soy una persona completamente distinta.


Primero, mi nevera. Hace un año, estaba vacía, hoy tiene recuerdos de todos los lugares que conocí este año, cada uno de los cuales me dejó pensando otra cosa del mundo. Luego, veo cómo volví a estudiar y encontré nuevos amigos, nuevas experiencias y ganas que nunca tuve. Por años intenté hacer ejercicio y no lo lograba hacer consistentemente. Hoy, voy al gimnasio todos los días, después de que hace un año no podía del cansancio cuando iba a un centro comercial. Yo pensaba que verdaderamente entendía aquello de estar mal y enfrentarme a la incertidumbre, pero no tenia ni idea. Yo pensaba que todo lo podía, pero no me lo creía. Por eso, que me metan en un ascensor, yo espero los quince minutos.

La dichosa nevera