Se lo dije a mi hermana el día
que entré a Urgencias: “Lo único peor que a uno le digan que tiene un tumor en
la cabeza es que dos años después le digan que tiene otro”. Fue un chiste, tal
vez malo, pero que en mi cabeza tenía sentido. Ya me había pasado y acá seguía,
así que de pronto no era tan grave.
Hoy, ya pasaron dos meses y he
pasado por un código azul, una semana en cuidados intensivos, una biopsia de
cerebro, una neumonía, una parálisis del lado izquierdo, una cirugía para
implantar un catéter, tres sesiones de quimioterapia y lo que calculo deben ser
al menos cien chuzadas para diferentes propósitos. En total, desde febrero 21
he estado 44 días hospitalizada. Eso sin contar todas las cosas raras que
llegan como “efectos secundarios” y otro par de viajes a máquinas de resonancia,
de los cuales por lo menos ya tenía un poco de antecedentes gracias a mi
anterior tumor (que todavía ni idea qué papel juega en esta historia).
Sobre todo lo que me ha pasado,
no entiendo por qué diablos todavía me da más rabia acordarme de la vez que me
robaron en Madrid que tener cáncer de cerebro. Incluso me altera más pensar en
la niña de tercer semestre que insultó en Facebook porque le mandé medio día
tarde un trabajo de media página. De hecho, he intentado que me altere, que me
irrite, que “llore lo que tenga que llorar” como me han sugerido, pero no
puedo. No creo en buscar razones y explicaciones para lo que me pasa.
Que uno se enferme no es algo que
a uno le mande Dios, ni es algo que dependa de si uno es bueno o come bien o es
deportista o si ayuda en obras de caridad. El cáncer es algo que viene de los
genes y el ambiente y la simple y pura suerte de combinación de factores. Y
nadie es bueno ni malo, todos hacemos lo que podemos. Querámoslo o no nos toca
enfrentarnos a estar enfermos y a más que por qué, importa es cómo carajos
salimos de eso.
Yo creía que le tenía miedo a
morirme, miedo a estar mal, pero hoy no tengo miedo. A veces me gusta pensar
que mi tranquilidad es una señal de que todo va a salir bien. Pero me parece
mejor cuando creo que estoy bien porque estar enfermo es una más de las cosas
que nos toca soportar en esta vida y lo que uno mejor puede hacer es que sea lo
más llevadero posible. Como casi todos los momentos cumbre que uno se imagina,
desde el grado hasta el matrimonio, pasando por los viajes y el primer trabajo,
cuando uno vive de verdad la enfermedad, por más loco que suene, es
decepcionante. Y gracias a Dios que lo es, porque si no, nadie sobreviviría.
Una mañana en la que no podía
dormir estaban pasando un segmento del Defensor al Televidente en RCN. Sí, ya
estaba en el punto en que veía RCN un sábado a las siete de la mañana, eso te
hace vivir más de una semana seguida en un hospital. El punto es que en la mal
producida sección aparecían transeúntes indignadísimos porque las propagandas
de cremas médicas los sometían a ver pies infectados y granos en formación.
Curiosamente, eso me hizo entender muchísimo sobre la forma en la que nos
enfrentamos a las enfermedades.
¿Cómo podemos esperar estar
preparados para lidiar con algo como un cáncer cuando no podemos aguantar ver
una uña podrida? Con razón todo el mundo me habla pasito y lento y me mira con
los ojos entrecerrados, analizando cada palabra que digo. En la cabeza de todos
no han superado la típica película de la niña juiciosa, con una familia
abnegada, que se enferma y que lucha con el alma para superarlo mientras sus
papás no comprenden lo que pasa. A pesar de la adversidad, se inspiran para
apoyarla y se rapan con ella y la llevan a la playa para que por última vez sea
feliz. Hay también un amigo lerdo que sólo porque tiene cáncer se anima a ser
su novio para que experimente por única vez el amor en su pobre vida. Casi se
salva pero obvio no le alcanza y diez años después, dependiendo de qué tan
jóvenes eran los actores que hacen de papás consiguen un perro o un bebé de
reemplazo y el amigo se casa tiene una hija con la mejor amiga menos
inteligente y la nombra en honor a su primer y nostálgico amor.
En la vida real, no es tan
dramático. Hoy todos los tipos de cáncer tienen muchísimo mayor chance de
supervivencia que hace 50 años, menos el sarcoma pulmonar, y eso porque es
directo resultado de fumar y ahí si pues no se puede pedir mucho de aquellos
tan maricas como para arriesgarse a una muerte segura por chuparse un cigarro.
Puede que la quimioterapia sea dura, pero comparada con lo que era hace 35 años
uno no tiene de qué quejarse. Yo cada tres semanas tengo que experimentar una
aplicación controlada al nivel de goteo de drogas infinitamente menos duras y
bajo una vigilancia extrema de todo. Hoy, me hicieron un examen que puede
determinar desde la punta de los pies hasta la cabeza, si hay otro tumor y otro
que puede determinar milimétricamente qué tengo. Y si en el futuro me pasa
algo, voy a estar tan monitoreada que será muy difícil que ya sea tarde. Además, cada vez habrá mejores opciones para ser
tratada.
No entiendo por qué no empiezan
con eso cuando al público en general le hablan de cáncer. La quimioterapia es
dura, pero vale la pena la maluquera y el extremo cuidado de las infecciones si
después uno ya no tiene cáncer. Varias veces me han dicho que no entiendo lo
grave que es esto, pero yo lo entiendo. Yo sé que estuve muy mal (aunque
afortunadamente estuve bastante drogada como para acordarme de mucho), pero ya
no. Si cinco días después de estar semi consciente pude caminar sola y no tener
rastro alguno de la parálisis y llevo tres quimioterapias con mínimos efectos
secundarios, ya lo que me queda es poco. Uno tiene que dar el esfuerzo y
creérselo, estar confiado, arrogante y egoísta. Si no me creen, pues bueno, me
motivan más.
Estar en quimio es una
competencia y a mí no me gusta perder. Dicen siempre que los argentinos son unos creídos insoportables y
por eso es que nos aplastan en el fútbol. Llegan a la cancha y saben que son
los mejores, aunque no lo sean. Yo me la creo. En la primera quimio, estuve con
las defensas en cero por dos días seguidos. Los médicos me decían que ya,
seguro, estando tan débil estaba condenada a la subida de temperatura que
anunciaba la infección que me tendría encerrada más tiempo y me pondría en
mucho riesgo. Sólo una vez llegué a estar a 37 grados, que aún es medio grado
menos de la temperatura corporal promedio. La fiebre, esa se la quedarán
esperando.
A mí no me importa que me vean
como loca cuando anuncio que me voy a ir antes de lo previsto de la clínica o
que me niego a ir por urgencias aunque me hayan bajado las defensas mucho. La
gloria de que las cosas pasen como las planeo es tan grande que sólo por tener
la razón creo que he respondido tan bien. Va uno y ve, y todo termina
resultando, unas veces más lento que otras, pero al fin y al cabo, uno y el
tratamiento, están diseñados para responder. La gente que se
muere de cáncer es o porque ya era muy tarde o porque los venció la fuerza de
la quimio. Y la fuerza de la quimio viene con que te quita el hambre y te pone
débil pero finalmente son cosas con las que se puede pelear. Y para las
infecciones cuando tenga bajitas las defensas tengo a mi mamá y su desorden
obsesivo compulsivo que tiene la casa y el cuarto del hospital tan limpios que
si algo se pasa no será nada grave. Son otros los momentos para ser humildes y
aceptar la realidad, cuando uno se enferma tiene que ser excepcional, terco y
dispuesto a dejar atrás a todo aquello que esté en el camino de seguir
adelante.
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