domingo, 16 de agosto de 2009

Espera

Calma, calma... Lo único que faltaba era una de esas frases que inevitablemente tienen el efecto opuesto de su intención. Y la gente siempre las dice. Andrés no se inmutó, aunque sentía a la antítesis de la calma apoderándose de él. Ya eran tres horas después de las once, y no había señales de nadie. Una pobre mujer que tuvo la desdichada suerte de compartir el infame paradero de bus era la que trataba en vano de consolar a aquel extraño que veía retorcerse de la ira a su lado. Confíe en Dios, que sea lo que sea que le haya pasado, fue porque le viene algo mejor...
Andrés no habia concluido nada sobre la presencia de la señora. Por un lado, no le agradaba en lo más mínimo tener que experimentar semejante cosa en público. La vieja, seamos sinceros, era como muy metida, y sus intentos fueron bastante inútiles. Claro que también la compañía sería agradable en caso de que llegara la idea del suicidio o algo por el estilo. Y pues, ¿no se dice que lo que cuentan son las intenciones?

Así que resolvió Andrés hablar. Dijo que si tardaba más de dos horas era porque no vendría nunca más. Pero era de chiste. Hizo esa risita graciosa que hace cuando todo está bien. Yo lo sé. El pobre hablaba más bien consigo mismo, pero le dio una luz de esperanza a la señora que, preocupada, buscaba llegarle al corazón. Creció con la idea de ayudar al prójimo y siempre había esperado la oportunidad de cambiale la vida a alguien. Claramente éste era el momento.

Cuénteme, tranquilo. La señora experimentaba placer ante la situación miserable de Andrés, le despertaba un instinto de heroína, de salvadora. Sabía que ella tendría la oportunidad de pegar los pedazos de este Humpty Dumpty. Así que se fue por la vía de la agresividad pasiva, no quería
perder su confianza y que se alejara.

No es nada, al fin y al cabo era de esperarse. Resonaba en su cabeza todavía la discusión sobre la señora. Al mismo tiempo, quería esperar más, quería un carro varado, un trancón eterno, se contentaría con una excusa simple, incluso con una tonta, como esa de confundí la hora o no pude zafarme a... Pero ya sabía que lo único que lograría sería una decepción mayor.

Repaso en su cabeza la dirección, 46 con 14, 46 con 14... no había margen de error. Así que sacó la mano y, sin despedirse, se montó a lo primero que se le atravesó. Pues tampoco se puede ayudar al que no quiere ayuda... la señora se consoló.
Mientras Andrés se alejaba a una simple cuadra, la 46 A con 14, él esperaba hace más de tres horas. Entendía, lo merecía. No volvería a molestarlo de nuevo. Todo terminaba allí.








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